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viernes, 16 de mayo de 2008
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25 · Los Deseos y la Iluminación Imprimir

Quienes toman contacto por primera vez con el budismo de Nichiren suelen reaccionar con sorpresa ante el punto de vista de esta filosofía respecto de los deseos humanos, ya que su enfoque parece contrastar con una idea generalizada que se tiene de budismo. En efecto, muchas personas lo asocian con prácticas ascéticas, y de hecho, existen muchas escuelas y tradiciones dentro del vasto universo de enseñanzas budistas que resaltan la necesidad de eliminar los deseos y de erradicar todos los apegos.

Desde luego, una vida dominada por los deseos es algo lamentable. En las escrituras budistas, esa condición de la existencia está simbolizada por la figura de “demonios hambrientos”, seres con cabezas gigantescas y enormes bocas, pero con gargantas tan estrechas, que jamás logran deglutir el alimento y satisfacer su apetito. Shakyamuni concibió esa imagen deliberadamente sobrecogedora para que la gente tomara conciencia de su apego por cosas –aun por la propia existencia– que inexorablemente cambian y es imposible conservar por siempre. Su intención era que sus seguidores comprendieran que no era en esos apegos donde se encontraba la felicidad verdadera.

Los deseos y apegos (en japonés, bonno), profundamente arraigados en el interior de la vida, con frecuencia reciben el nombre de “deseos mundanos”. Sin embargo, dado que también incluyen el odio, la arrogancia, la desconfianza y el temor, tal vez sea más apropiado denominarlos “impulsos ilusorios”.

Pero ¿es posible erradicar completamente tales deseos y apegos? Después de todo, los apegos son sentimientos humanos, y los deseos resultan un aspecto vital y necesario de la vida. El deseo que todos alientan de procurar protección para sí mismos y para sus familias ha sido en definitiva la causa de grandes avances, como la formación de grupos sociales comunitarios o el desarrollo de viviendas y del suministro de calor. Igualmente, el anhelo de comprender el lugar que ocupa la humanidad en el concierto del cosmos ha dado nacimiento a la filosofía, la literatura y el pensamiento religioso. Los deseos, en última instancia, son una parte integral de lo que somos y de lo que anhelamos llegar a ser.

En tal sentido, la erradicación completa de los deseos no es posible y, de hecho, tampoco es deseable. Si tuviéramos que despojarnos completamente de nuestros anhelos, terminaríamos minando nuestra voluntad de vivir.

Las enseñanzas de Nichiren ponen el acento en la transformación y no, en la erradicación de los deseos. Todos los apetitos y apegos son la energía que nos impulsa hacia el logro de la iluminación. Nichiren enseña al respecto: “Ahora, Nichiren y sus seguidores que entonan Nam-myoho-renge-kyo [...] queman la leña de los deseos mundanos y contemplan el fuego de la sabiduría iluminada [...]”.

El Sutra Sabio Universal afirma: “Aun sin extinguir sus deseos mundanos o sin negar los cinco deseos, ellos pueden purificar todos sus sentidos y erradicar todas sus faltas”.

La manera en que Nichiren enfoca esta cuestión hace del budismo una doctrina más humana, democrática y accesible al pueblo. En otras palabras, al convertir las aspiraciones, sueños y frustraciones de la vida diaria en el “combustible” que alimenta el proceso de la iluminación, Nichiren abre el camino de la práctica budista para todos los que tradicionalmente no podían llevarla a cabo, como los que se aislaban del mundo como lo imponían las reglas de la meditación, o para los que desean seguir desempeñando un papel activo en el quehacer mundano.

Por ende, no es de extrañar el lugar crucial que otorga el budismo mahayana a los deseos mundanos, y el énfasis que coloca en los practicantes laicos. Para individuos que viven en medio de una realidad opresiva, en constante cambio, esa visión sobre los deseos es un incentivo mucho más eficaz para abrazar la práctica budista que un propósito abstracto de alcanzar la “iluminación” a partir de erradicar todas las aspiraciones y los apegos.

Lo que nos proporciona un sentimiento de concreción y de felicidad en nuestra vida cotidiana es la superación de los problemas o el logro de un anhelo largamente acariciado. El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, siempre nos recuerda que lo importante no es desechar nuestros apegos, sino comprenderlos y, en definitiva, emplearlos para bien.

Cuando los miembros de la SGI relatan sus experiencias en la fe, a veces podría parecer que estas se centran mayormente en la concreción de beneficios materiales. Pero dichos beneficios representan solo un aspecto de algo mucho más profundo. El budismo divide lo logros obtenidos gracias a la práctica en “visibles” e “invisibles”. Un nuevo empleo, la cura de una enfermedad, un matrimonio armonioso y otros beneficios no están en absoluto separados de un intenso y a veces doloroso proceso de reflexión y de transformación interior. Además, el incentivo que generan los deseos pueden intensificar a la vez nuestra práctica, lo que, a la larga, redunda en una gran recompensa espiritual. Bonno soku bodai, literalmente, ‘los deseos mundanos son la iluminación’ es un principio fundamental del budismo de Nichiren. Mediante nuestra práctica, hasta el impulso más mundano e ilusorio se convierte en algo más amplio y noble, y nuestros deseos comienzan a evolucionar naturalmente desde una intención puramente egocéntrica hacia un genuino interés por nuestra familia, nuestros amigos, la comunidad y, en definitiva, el mundo entero.

Así, la naturaleza del deseo se va transformando con firmeza, de modo que el anhelo por posesiones materiales va cediendo lugar a una aspiración espiritualmente más profunda, como la de llevar adelante una vida de auténtica satisfacción.

El presidente de la SGI sostiene: “Creo en la existencia de otra clase de deseo humano: lo llamo el “deseo básico”, y tengo la certeza de que es la fuerza que impulsa activamente hacia la creatividad todos los demás deseos. Es una fuente de energía inherente a la vida; es también el anhelo de fusionar la propia vida con la vida del universo y de extraer de él una gran fuerza vital”.

[Basado en el artículo publicado en la edición de enero de 2000 de la revista SGI Quarterly.]
 
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